No quiso perpetuarse en las calles ni avenidas,  ni en la escuela, el teatro, o el parque. Lo dejó escrito en su voluntad última. Casi logra pasar desapercibido al firmar su epitafio en la nada, pero los millones de labios que pronunciaron su nombre cuando la noticia corrió por todo mundo "murió Fidel Castro", “se fue el comandante" se repitió  como un eco  imborrable.  Su  última estrategia de camuflaje, pactar con el olvido, buscando con su edicto final borrar de las mentes de su pueblo, de su gente, y de toda criatura que conoció sus hazañas, quedó al descubierto.

Inevitablemente  los sollozos o los festejos rompieron el anhelado momento de despedirse de la vida sin aspavientos, pompas ni estridencias del ego del estado. Tal vez sabía, como sabio lucido que era, lo que significaría borrar sus propias huellas antes de irse de este mundo (¿o a la inmortalidad?) Quizas olvidó que los inmortales, como los seres comunes y corrientes se quedan solos cuando buscan desprender de su cuerpo la fama pesada que había alcanzado con sus proezas de guerrero de justicia social. Logró irse pero no pudo silenciar  las voces de su propia historia.  Su tumba, como la casa de un gnomo, llena de la belleza de la sencillez no fue suficiente como para ocultar su gigantesca y épica imagen. Quedó absuelto y libre de inmediato al compartir su modo único de salida, de los puntos cardinales de la geografía de un planeta, al que vaticinó su muerte lenta por causa del egoísmo del hombre hambriento de capitalismo. Aún quedan voces que seguirán juzgándolo a él y la libertad por la que tanto luchó y ahora el ejemplo de desapego que optó por dejar como herencia para todos.

No quiso perpetuarse por que no perpetuándose es la mejor manera de quedarse en la memoria del Tao.  El mejor de los hombres es como el agua beneficia. Para su morada el sabio ama la baja tierra, en su corazón ama lo que es profundo, en sus relaciones con los demás ama la gentileza, en sus palabras ama la sinceridad,  en su gobierno ama la paz, en sus negocios ama la habilidad, y en sus acciones ama el encontrar el momento adecuado porque no disputa que es irreprochable. Fidel Castro no pudo silenciar su partida, su muerte se transformó en poesía aguerrida de vida, en la más alta sonoridad del gran silencio que se mantendrá grabado  en los tímpanos de la humanidad hasta que vuelvan millones de labios a repetir por toda la tierra, FIDEL VIVE.  

Hasta Siempre Comandante    

Danny Rivera

 

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